Entrevista a Marita Iglesias, experta en violencia de género

Iglesias ha denunciado las dificultades que tienen las mujeres discapacitadas para denunciar los casos de violencia de género, y también ha advertido sobre la violencia que soportan en ocasiones las que viven en residencias.

«Nosotras no nos hemos visto como mujeres que soportan malos tratos»

Frente a los datos generales, los casos de violencia contra mujeres usuarias de sillas de ruedas o con otras diversidades funcionales son entre tres y cinco veces más frecuentes.

La Fundación Zuzenak ha organizado estos días unas jornadas en Vitoria para tratar sobre esta cuestión.

«Son más frecuentes, y los malos tratos son más variados: junto con la violencia sexual, se da la violencia institucional, la explotación médica y la exclusión social, entre otros», precisa Marita Iglesias. Es experta en violencia de género y diversidad funcional.

¿Cuáles son las razones de que haya más casos de violencia de género?

La sociedad ha menospreciado a las mujeres con diversidad funcional. Las entiende como mujeres incompletas, y en consecuencia es más fácil abusar de esas mujeres.

¿Cómo influye la dependencia física?

Además de dependencias afectivas, también da lugar a que surjan otras dependencias, y los malos tratos pueden llegar a través de ellas. Es preciso añadir que hay muchas mujeres que viven en residencias, y que en las residencias aumentan los casos de malos tratos. En esos entornos las personas son más débiles, porque necesitan de la institución para hacer cualquier cosa.

¿Cómo se podrían evitar los abusos a los que te refieres en las residencias?

Hay que hacer controles en las residencias para que eso no pase. Así como se hace inspección de cuentas, habría que hacer inspección de derechos humanos.

¿El que ocurra dentro de las residencias invisibiliza aún más el problema?

Se prioriza la discapacidad. Antes que persona eres discapacitada, y parece que eso exige necesariamente que soportes un quebrantamiento de tus derechos; es decir, que sufrir abusos es una consecuencia de esa situación. Por eso, nosotras no nos vemos como mujeres que soportan malos tratos.

En tu conferencia has destacado las dificultades que hay para poder hacer las denuncias.

Son muchas, y la imposibilidad de salir de casa es la primera. Cuanto mayor es la dependencia más habituales son las situaciones de violencia y, de hecho, esas son las mujeres con más dificultades para poner una denuncia. Necesitan de alguien para salir de casa. ¿Van a salir con su maltratador? ¿Él va a hacer de intérprete?

¿No existen protocolos para poder denunciar desde casa?

He mencionado el caso de una mujer de Galicia; a causa de una esclerosis lateral amiotrófica no podía salir de casa; aunque quería denunciar, nadie acudió a su casa. Nadie vio lo que pasaba allí porque, argumentaban, su responsabilidad no era ir de casa en casa.

¿Y tras conseguir salir de casa?

Hay que recordar que hay muchas dificultades para acceder a los edificios. Con todo, tras vencer todas las dificultades y llegar a los servicios de protección a las víctimas, en muchos sitios nos derivan directamente a los servicios sociales, como si en los servicios sociales supieran de todo.

En la conferencia has destacado la importancia de precisar la imagen del maltratador.

Hay que tener en cuenta que la violencia de género no se da solo en el seno de la pareja. En nuestra experiencia también hemos visto violencia por parte de familiares, personas cercanas, médicos y cuidadores. Ceñirse a quien es o ha sido la pareja traerá una descripción insuficiente del problema.

Has mencionado también un tipo de maltrato específico en relación con la diversidad funcional. Infantilizar, proteger hasta el punto de hacer perder las relaciones sociales, híper medicar…

Esos son los más difíciles de reconocer. Sin tener relaciones sociales, sin relación con el mundo exterior, ¿quién puede saber de tu situación? ¿Cómo puedes contrastar con otra persona eso que te está pasando? El maltrato psíquico es muy poderoso, incesante…

Que las mujeres con diversidad funcional no se vean a sí mismas como mujeres, ¿hasta dónde dificulta vuestra situación?

Ahora hemos empezado a vernos como mujeres, y hacemos ahora reivindicaciones que el movimiento feminista tiene superadas hace tiempo: el derecho a tener familia… Para nosotras, esas cuestiones son nuevas, y exigimos ese derecho. Pedimos que se respete otro modo de vivir, y que se reconozca que nos han anulado. Como nos han negado, ahora exigimos; a partir de ahí cada una hará lo que quiera, y en algunas de esas cuestiones chocamos con el movimiento feminista.

¿Se ha trabajado la vía de la prevención?

Antes de prevenir es preciso reconocer que hay un problema y por qué ocurre. La raíz de la violencia contra las mujeres es cultural. Mientras no se respeten los derechos fundamentales, mientras no se reconozca que todas las personas son iguales, vamos a seguir manteniendo una sociedad que genera estatus diferentes.

¿En qué ámbito se pueden dar los primeros pasos?

La diversidad funcional es una cuestión que nos concierne a todas y todos. Cada persona tiene una relación distinta con el mundo: unas se mueven de pie; otras, sobre ruedas. Eso no tendría que se un problema. La cuestión es que algunas personas son discriminadas por hacer las cosas de distinta manera; de ahí viene el menosprecio, que es semillero para los malos tratos y el control.

Desde ahí pides que no se creen grupos específicos de atención a las mujeres con diversidad funcional.

La bofetada me la van a dar igual a mí que a quien no esté sobre una silla de ruedas. Las instituciones tienen que saber que cualquiera de las dos puede poner una denuncia. Yo tengo que tener la opción de acceder a esa oficina, y una mujer sorda tiene que tener la opción de comunicarse con la lengua de signos. A partir de ahí los protocolos tienen que ser los mismos.

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